Me levante de la silla, tenía la espalda dolida, son bastantes horas sentado, quieto; caminé unos pasos por el piso crujiente, a veces, cuando cierro los ojos, escucho a la gente que pasa y me parece estar en una fragata. Fui hasta la zona del agua, agarré un vaso de la torre invertida, lo llené de agua y mirando mi reflejo en el vidrio símil polarizado lo tragué, todo de una vez, como siempre lo hago, me gusta pensar que puedo seguir el correr del agua cayendo por la paredes de mi esófago, sentirla ramificada mientras enfría el cuerpo.
- Qué rico agua - me dije más o menos.
Sin abollarlo, ya ha pasado antes que las gotas restantes escapan a mis lentes, y sin apuntar, tiro el vaso, perfecto y recién usado al tacho de los vasos usados y perfectos. Y me miro, y me digo.
- Todavía tengo más sed-.
Otro vaso, pero pensé “¿qué mierda, ¡boludo!, y el planeta?, ¡el planeta que se valla a la concha de la lora!” mientras se llenaba el segundo vaso de agua que se desbordó un poco esta vez. Tres de la madrugada más o menos y volví a mirarme fijo, yo a través de la ventana, y esta vez estaba enojado, “¿porqué tiré el anterior, en qué estaba pensando…? ah si, en el agua corriendo por mi cuerpo, que trabajás en un barco con un piso de tablas de madera…” me pareció que no era argumento suficiente, y me decidí a volver a la silla, obvie los sonidos de alta mar, y les dije a ellos, los otros marinos:
- Putos, me voy a fumar.
Esquivé, ágil, uno de los vasos en cuestión, venía acompañado de una dulce respuesta de mis team mates. Bajé, fumé, caminé en círculos, fumé; subí con la boca seca, como es de esperar después de fumar y me enfrenté nuevamente a la máquina, aunque ella no era el problema, era la que los dispensaba. Al ver que la torre tenía menos pisos me picturié en una imagen miles de esos, cuántos vasos vagabundeando por ahí, entre las olas que los llenan y vacían, peces que flotan, focas ahogadas y víctimas pichones de pingüinos, con truenos, lluvia, rayos y todo. Me puse mal por Pachamama, en definitiva ¿cómo iba ella a saber que a los hombres que alimentó una vez, idearían empresas como éstas donde hay máquinas de derroche continuo al servicio de cualquier estúpido que no piensa antes de tirar el vaso?
- “Evolución… te odio” me dije por último