miércoles, julio 14

Aprender Aladelta.

Siempre que no puedo algo recuro a la escritura. ¿Será por esto que ella se queda con la peor parte de mí? ¿Alguna vez escribí porque me sentía contento? Sinceramente no lo creo. Creo que me volqué en las palabras porque son ellas mismas las únicas que pueden mantener la exacta síntesis de mis ideas de agua que, valla uno a saber porqué, chocan contra la tapa de los sesos y de allí en directa picada a mis dedos; siempre esclavos dispuestos a eliminar, catarsis mediante, aquello por lo cual ni el más mínimo porcentaje de culpa tienen. ¡Y cómo funcionan!, sin ellos me volvería ciego de mi mismo, sordo de mis ideas, mudo de mis reclamos e in-táctil de vos, suave pétalo frágil de vos misma.

1 comentario:

  1. Las palabra escrita suele decir, mi querido amigo, lo que nosotros nos obligamos a callar. La felicidad habla por si misma, no se calla, no es cautelosa, ni preocupada, ni prejuiciosa. Cuando uno es feliz no escribe porque ya está todo dicho.

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Me reservo el derecho a decir lo que deambula por los pasillos de mi mente mismo que antes de doblar tienen una ventana que da a la calle.