Es sabido que en la conglomerada acrópolis a la que estamos atados, encontrar un chofer que sonría cuando detiene el vehículo es casi tan improvable cómo que esperen para arrancar a que la totalidad de nuestro cuerpo se halle dentro de límite de las puertas que, pareciendo automáticas, son manejadas por una impasiente mano humana.
No se los puede embolsar a todos, pero sí que la mayoría, aunque siendo ellos seres con estádos de ánimo que directamente influyen en su manejo, su trato para con nosotros y demás conductores, colegas o no, de vehículos motorizados o de los otros con cordones.
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Me reservo el derecho a decir lo que deambula por los pasillos de mi mente mismo que antes de doblar tienen una ventana que da a la calle.